El vino de la mentira
La decepcion.

Una máscara de seda no puede ocultar un corazón podrido.
Esteban llegó a la mansión antes de lo acordado, llevando entre sus manos un ramo fresco de lirios blancos. Aquella tarde planeaba proponerle matrimonio a Victoria, la mujer de modales impecables, sonrisa angelical y cuna distinguida con la que llevaba saliendo ocho meses. Para él, Victoria era el epítome de la bondad y la delicadeza.
Entró en silencio al vestíbulo principal, con la intención de darle una sorpresa. La casa lucía inmaculada y tranquila, excepto por el suave arrastre de una mopa en el amplio salón contiguo.
Al asomarse tras la columna de madera oscura que dividía el pasillo, se detuvo en seco.
En el centro del salón estaba Carmen, la empleada doméstica que llevaba más de diez años sirviendo fielmente en la residencia. Con la espalda encorvada por el cansancio y la frente brillante de sudor, Carmen repasaba una y otra vez el mármol italiano.
Frente a ella apareció Victoria.
Su caminar no tenía la prisa de quien va de paso, sino la cadencia lenta y calculada de quien disfruta una crueldad. Llevaba en su mano derecha un decantador de cristal repleto de vino tinto reserva. Sin pronunciar una sola palabra y sosteniéndole la mirada a Carmen, inclinó la botella con parsimonia.
Un chorro espeso y carmesí comenzó a salpicar el mármol brillante, extendiéndose como una herida abierta sobre el suelo que acababa de ser pulido.
—Señora… —gimió Carmen, con la voz quebrada y los ojos anegados en lágrimas de impotencia—. Ya lo había fregado dos veces…
Victoria no vaciló ni mostró compasión. Al vaciar la última gota, dibujó una media sonrisa fría, afilada como una cuchilla:
—Pues friégalo una tercera.
Carmen bajó la mirada, incapaz de defenderse de la humillación. Pero antes de marcharse, Victoria se inclinó levemente hacia ella y, con un susurro envenenado que resonó en todo el salón, sentenció:
—Y ni te molestes en quejarte. A ti nadie te va a creer.
Oculto tras el tabique, el corazón de Esteban dio un vuelco violento. Los pétalos de los lirios se estrujaron bajo la fuerza involuntaria de su puño. En menos de treinta segundos, el velo de perfección se había roto para siempre. La mujer de la que creía estar enamorado no era más que un espejismo cruel.
Dio un paso al frente, saliendo de la sombra hacia la luz del salón.
—Yo sí le creo —dijo Esteban con una voz calmada pero demoledora.
El sonido del cristal temblando en la mano de Victoria fue lo único que rompió el silencio repentino de la habitación. Al girarse y toparse con los ojos fríos e intransigentes de su prometido, su elegante sonrisa se convirtió en un gesto de puro pánico. Su máscara había caído, y el precio de su soberbia apenas comenzaba a cobrarse.
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