La Culpa en los Espejos de Neón

La Culpa en los Espejos de Neón
El teléfono vibró sobre la mesa de centro a las 11:42 de la noche, rompiendo el murmullo de la televisión encendida. La pantalla iluminó la sala a oscuras con una sola notificación:
«Amor, me quedo a dormir donde Laura. Se nos hizo tardísimo con el proyecto de la oficina y a esta hora ya no pasan taxis seguros. Te amo, descansa.»
Respondí con un lacónico «Está bien, cuídate», pero el estómago se me contrajo en un nudo helado. Hacía exactamente quince días que Laura había recogido sus cosas y se había mudado a otra provincia. La mentira era tan descarada, tan torpe, que resultaba violenta.
Me quedé sentado en la penumbra un largo rato. El silencio de la casa no traía paz, solo un eco insistente que me taladraba la cabeza. Incapaz de quedarme inmóvil entre cuatro paredes, tomé las llaves del auto, salí a la calle y conduje sin rumbo, buscando que el aire frío de la medianoche disipara la sospecha.
El azar, sin embargo, tiene una ironía implacable.
Terminé en la avenida de las afueras, esa recta industrial donde los negocios legítimos cierran temprano y solo permanecen encendidos los avisos luminosos de los moteles de paso. Reduje la velocidad al notar un destello metálico saliendo despacio por la rampa de El Edén, un motel discreto resguardado por muros altos y cortinas plásticas en cada cochera.
El vehículo que se incorporaba a la vía era una camioneta gris con una abolladura inconfundible en la compuerta trasera. Pertenecía a Camilo. Mi primo hermano. El confidente con el que crecí, el invitado de honor en cada cena familiar, la persona a la que le había abierto las puertas de mi casa incontables veces.
El pulso se me disparó en las sienes. Mantuve las luces medias y seguí la camioneta a tres vehículos de distancia, esperando estar equivocado, rogando por cualquier coincidencia absurda que desmintiera la escena. Pero a menos de un kilómetro, la camioneta se detuvo bajo la luz blanca y cortante de una estación de combustible abierta las veinticuatro horas.
Aparqué en la sombra, a pocos metros. No hizo falta aguzar la vista.
De la puerta del copiloto bajó ella. Llevaba el cabello recogido con descuido y la misma chaqueta que había dejado en el perchero esa mañana. Su risa, abierta y relajada, llegó nítida a través de la ventana baja de mi auto. Camilo bajó después del lado del conductor, caminó hacia ella con la naturalidad de quien se siente dueño del terreno, le rodeó la cintura con el brazo y la atrajo para darle un beso lento antes de entrar a la tienda a comprar algo de tomar.
El golpe no provocó gritos ni ganas de bajar a estrellar el puño contra el parabrisas. Provocó un vacío absoluto. La traición compartida tiene un filo distinto: corta por delante con la pareja que elegiste para tu presente, y corta por la espalda con la sangre que compartió tu infancia. Todo cobró un sentido siniestro: las visitas repentinas de Camilo a mi casa, las miradas que antes juzgué inocentes, las ausencias inexplicables de los fines de semana.
Saqué el teléfono del bolsillo. Levanté la cámara y esperé a que ambos salieran de la tienda. La luz cenital los capturó con total nitidez: ella sonriendo con una botella de agua en la mano, él abrazándola por los hombros mientras caminaban de regreso a la camioneta.
Abrí el grupo familiar de WhatsApp, ese donde cada domingo se compartían saludos de tías y fotos de almuerzos compartidos. Cargué la imagen sin filtros ni adornos y escribí un solo mensaje:
«Espero que el proyecto de la oficina haya valido la pena. Saludos a los dos.»
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